POETAS DE LA TIERRA Y AMIGOS DE LA POESÍA
POETAP
RECORDATORIO
El día 20 de diciembre de 2010 falleció María del Pino Hernández Torres, una mujer buena e íntegra, recta esposa, excelente y amorosa madre, abuela entrañable y jinamareña de pro.
En estos momentos de dolor y pesadumbre, queremos expresar nuestras condolencias a su hija Josefa Castro Hernández, coordinadora de POETAP en las Islas Canarias, y a todos sus familiares y amigos por el óbito.
Quien reconoce su pequeñez
asume que es un ser para la muerte.
Y sólo en él,
en quien se sabe ínfimo,
germinará la semilla de la infinitud.
María del Pino lo hizo. Descanse en paz.
JUNTA EJECUTIVA DE POETAP
A María del Pino Hernández Torres
El viento vino a llevarse
la techumbre y las paredes,
pero el cimiento que echaste
es lo que el viento no puede,
por más que quiera, llevarse.
¡Mal hayas! le grité al viento,
como si el viento me oyera...
Semillas de tus recuerdos
me dejan las manos llenas
y por la tierra las siembro.
Que voy a hacer un cercado
para toda esta simiente,
y con cariño regarlo
para que veas como crece
lo que el viento me ha dejado.
¡Y si acaso el viento vuelve,
que se ande con cuidado,
que tengo altiva la frente
y en mi pecho tus regalos!
¡Con tus recuerdos no puede!
*La memoria de los que nos aman nos hace eternos.
JULIO PÉREZ TEJERA
24 de diciembre de 2010.
A María del Pino Hernández Torres.
Pétreo islote bañado de futuro
por las olas viajeras del azar,
firme roca era en medio de la mar
habitada por un corazón puro.
Tras las paredes de aquel sobrio muro,
crecían la amapola y la flor de azahar
abonadas por el ansia de amar
y el misterio de un horizonte oscuro.
Pero, la negra noche inoportuna
cubrió de tiniebla la vana gloria
que corona toda humana fortuna.
Y desde ahora vivirá en una noria
de tierra, luz, estrellas, fuego y luna
que girará libre en nuestra memoria.
NICOLÁS ZIMARRO
A Josefa Castro Hernández y los suyos.
Cuando el cuchillo de la muerte
de un ángel
se clava hondo en el alma,
la poquedad
aflora a borbotones
por la herida abierta en el horizonte
y un escalofrío
azota las entrañas
de quienes sufren la pérdida
de su querube de la guarda.
Dejad entonces que tornen en pajarillos
que buscan el abrigo de los tejados;
dejad que, como gaviotas errantes,
se acerquen al calor de las barquitas,
o recalen en el dulce regazo
oculto en la hendidura de las rocas.
Dejad que lloren
y se abracen a los amigos;
dejad que, si quieren,
recorran el laberinto
de la cruz y la corona de espinas,
que conduce a la paz del sueño eterno.
Dejad, sí, que simplemente sean aura
de remembranza,
y duelo
que lamenta el fracaso de la vida.
Dejad que entiendan que somos polvo,
evanescencia
aferrada a la tierra,
soplo de viento
ahogado en un continuo llanto.
Dejad, en fin, que guarden las alas rotas
del ángel muerto
en un relicario de amor
y que se refugien en el vientre
de cualquier caracola
para fluir en el tiempo
del día después.
NICOLÁS ZIMARRO


